




Un cordón fino, casi invisible, que sostiene una sola perla irregular, con esa forma imperfecta que solo tiene lo que nace del mar y no de una fábrica. La llevas pegada al cuello, como una gargantilla, discreta pero con carácter.
Es esa pieza que no grita pero que no pasa desapercibida: el punto de luz cálida que contrasta con el resto de la colección, toda en plata y oro envejecido. Como si la luna, en su fase más llena, hubiera dejado caer una gota justo antes del eclipse.
Combínala sola, para los días de minimalismo, o superpuesta con los colgantes largos de media luna, para capas con distintas alturas.
Cordón y cierre en tono plata envejecida.